Una de las cosas que más caracteriza a los videojuegos (y que tan especiales los hace) es su interdisciplinariedad. Es por ello que, a la hora de analizar entregas aisladas, es habitual enfocarse en distintos ámbitos del desarrollo.
También es común olvidar que todo juego, como producto final, es indivisible. Nadie va a jugar solamente para escuchar la música, apreciar el arte o pensar en cómo se programaron las mecánicas (a menos que se lo esté estudiando, claro está).
Y esto es algo que, a veces, los mismos estudios pasan por alto. Estudios que ven en el gaming una oportunidad para demostrar las capacidades técnicas de las consolas y que olvidan la regla más importante de la industria: los videojuegos deben ser divertidos.
Más allá de lo subjetivo que pueda ser concepto de diversión, esto se traduce en que el gameplay siempre debe estar primero. En definitiva, la gracia de un juego es que se pueda jugar.
LA POTENCIA GRÁFICA COMO FACTOR DIFERENCIAL OBSOLETO
La tendencia al hiperrealismo, cinemáticas excesivamente largas y jugabilidad escueta viene afectando a la industria desde mediados de los 2000, aproximadamente desde la era de la Playstation 3.
En su momento, la potencia gráfica era algo novedoso, aquello que destacaba a los juegos por sobre los que habían venido antes. En otras palabras, era lo que los dotaba de diferenciación, un concepto muy importante dentro de la industria.
Pero el foco en este aspecto terminó siendo excesivo, y con el tiempo derivó en una pérdida identitaria de muchas entregas que, en papel, deberían haber sido muy distintas entre sí.
Hoy en día, existen muchos juegos con mecánicas muy parecidas que consisten básicamente en recorrer un mapa enorme, con eventuales enfrentamientos sencillos, y que son interrumpidos constantemente con cutscenes de varios minutos. Las historias y los escenarios pueden ser atrapantes, pero si se analiza con ojo crítico, la verdad es que estos juegos pueden llegar a ser muy repetitivos e, incluso, aburridos.
Estos son casos de diferenciación convertida en norma, lo cual denota una falta generalizada de originalidad e ideas nuevas.
EL PROBLEMA DEL SCOPE
El principio de la diferenciación es muy importante para que un juego sea exitoso, pero con una trayectoria de más de cincuenta años, ha generado un conflicto grande dentro de la industria.
Me refiero a la falacia de creer que, para que sea mejor o distinto, los juegos deben ser más grandes que sus predecesores.
Este error, por supuesto, es conceptual, y ni siquiera Nintendo, que en mi opinión es la única empresa grande que aún mantiene una política de gameplay first, escapa de él.
El por qué es comprensible: cuando se generan franquicias, cada entrega nueva, a la par que distinta, debe ser identificable con las previas.
Por ejemplo, todo juego de Mario debe sentirse como un juego de Mario; caso contrario, fallaría en su concepción. Pero, siguiendo con la misma referencia, esto hace que se acumulen elementos icónicos del fontanero con cada título, y es justamente esta combinación creciente de mecánicas nuevas y viejas la causante del alcance desmedido.
LA OPORTUNIDAD DE LOS JUEGOS INDIE
Adentrarse en la industria como desarrollador independiente puede resultar amedrentador. La oferta de juegos es excesiva, y encima hay que competir con gigantes que llevan décadas de trayectoria.
Pero, en realidad, el panorama es mucho más prometedor de lo que parece.
Los estudios indie cuentan con la ventaja de no tener franquicias establecidas, y tampoco suelen tener tantos recursos como para enfocarse en la potencia gráfica. No necesitan atarse a mecánicas prestablecidas para mantener una identidad, y tampoco pueden contar con que su juego triunfe por verse más realista.
En otras palabras, tienen enfrente un lienzo en blanco en el que pueden crear algo distinto con instrumentos sencillos pero eficientes. Y eso es una bendición.
Hoy en día, apostar por un scope menor y mecánicas simples pero novedosas y divertidas es mucho más atractivo que un mundo inabarcable con jugabilidad reiterada, por más buenas que sean sus estéticas y narrativa. Y no por nada hay tantos títulos independientes que han arrasado en los últimos años.
CONCLUSIÓN
La diferenciación, aunque importante, debe abarcarse con cuidado. Ser distinto no necesariamente implica ser más grande, y quienes entiendan esto estarán en una posición ventajosa.
El desafío actual pasa por animarse a experimentar y ser creativo. En este certamen, gana el que tiene más imaginación.
La oportunidad es única, y no hay que tener miedo de aprovecharla.