Aquellos que nacimos en la década de los 90, especialmente en su primera mitad, nos criamos en un momento bisagra de la historia. Somos el producto de un choque de eras, y llevamos en nuestro inconsciente extractos de dos mundos.
Naturalizamos la comunicación instantánea, pero crecimos en una sociedad sin Whatsapp ni redes sociales. Miramos películas y series en servicios de streaming, pero recordamos perfectamente ir al Blockbuster a alquilarlas. Utilizamos Spotify, pero nos sentábamos frente a un reproductor de música mientras apreciábamos la tapa de un álbum.
Lo analógico y lo digital son parte de nuestra esencia en igual medida, y, a diferencia de generaciones anteriores a la nuestra, no tuvimos necesidad de adaptarnos al cambio de época. Y eso, por más paradójico que parezca, hace que nos sea más difícil despegarnos de un período ya pasado.
UN MODO DISTINTO DE CONECTARSE CON LOS OBJETOS
La relación entre el producto y el consumidor era muy diferente en aquel entonces. La mercancía no era meramente intangible, sino que estaba pensada para usarse junto con un material que conformaba una suerte de paratexto.
Esto demandaba un tiempo y una dedicación más íntimos a la hora de abordar cada producto, y establecía, desde el primer momento, un modo distinto de conectarse con él. Sentarse a escuchar un vinilo era casi ritualístico, así como lo era insertar un VHS en el reproductor, pararse a tomar una fotografía o estudiar el mapa antes de salir a la ruta.
Algo de esta magia se mantuvo en formatos posteriores como los CDs de música y los DVDs, pero terminó desapareciendo con la adopción de lo puramente digital en detrimento de lo físico.
Quienes nacimos en los 90 reconocemos las ventajas de los tiempos actuales, pero también añoramos el vínculo establecido con los objetos del pasado. Un pasado no tan lejano, pero que se siente muy distante debido al avance desenfrenado de la tecnología moderna.
EL COMPONENTE DUAL DE LOS VIDEOJUEGOS
Los videojuegos, en su concepción, son estrictamente digitales, pero su ecosistema cultural de origen era fuertemente analógico. Y, al igual que otros productos de la época, estaban cargados de un paratexto que enriquecía las propuestas individuales.
El ritualismo también estaba muy presente. Conectar el cartucho a la consola, leer el manual que expandía el lore, mirar las ilustraciones de las cajas, e incluso rogar para nuestros adentros que el juego funcionase después de haberlo soplado… Todo ello hacía de la experiencia algo ceremonial, una vivencia basada en la intimidad que generaba un lazo muy fuerte con los elementos físicos.
Hoy en día existe un debate muy fuerte por la predominancia cada vez más grande del formato digital, la descarga directa de software; pero mientras muchos piensan en problemas tales como la falta de memoria en la consola, otros vemos en ello una pérdida de conexión con el producto.
LA ROMANTIZACIÓN DEL PASADO
La nostalgia nos lleva a sentir que todo tiempo por pasado fue mejor, y esto deviene a veces en una visión idealizada de nuestros recuerdos. Desde un punto de vista práctico, hay que reconocer ciertas desventajas que actualmente están casi erradicadas.
Hoy en día, ya no tememos que se rayen nuestros vinilos, que la fotografía salga mal y no saberlo hasta revelar el rollo, que se rompa la cinta del VHS o que nos perdamos en el camino por haber interpretado mal el mapa.
Y, en el mundo del gaming, ya no tememos que el cartucho se estropee y no podamos acceder a nuestro preciado videojuego.
En aquel entonces, el nivel de incertidumbre era mayor.
Recuerdo que, hace unos años atrás, cuando aún tenía una gran colección de consolas en mi poder, me hice con una copia del codiciado Conker’s Bad Fur Day para la Nintendo 64, algo que venía añorando hacía mucho tiempo, y no me animaba a creer que lo había adquirido hasta no haberlo jugado.
Cuando lo conecté a la consola por primera vez, no funcionó. Probé apagar y encender la consola dos, tres veces, pero no hubo cambios. Soplé el cartucho con todo el aire de mis pulmones, pero no tuve éxito. Comencé a pensar que, quizá, me habían estafado.
No fue hasta darme cuenta de que los pines de contacto estaban extremadamente sucios y que debía limpiarlos con un hisopo y un poco de alcohol que volví a respirar.
CIERRE
La era analógica gozaba de un encanto irrepetible que no estaba exento de inconveniencias. Pero afrontar esos problemas nos ayudaba a desarrollar una mayor paciencia y perseverancia.
El mundo moderno eliminó muchos contratiempos en beneficio de la satisfacción instantánea. La contracara de esto es que dicha satisfacción ha generado una mayor dependencia y ha anulado buena parte de nuestra capacidad resolutiva, más aún desde la expansión de la inteligencia artificial en tiempos recientes.
Algo se gana y algo se pierde.
Echar la vista atrás nos obliga a poner las cosas en una balanza, y queda a criterio de cada quien decidir qué es lo que prefiere. Pero, desde mi punto de vista personal, el peso se decanta hacia la época analógica.
¿Por qué? Porque siento que hemos perdido más de lo que hemos ganado. Si no en cantidad, cuanto menos en calidad.
Puede que esté romantizando el pasado en exceso, pero no voy a negar que hay cosas que extraño mucho de aquel entonces.
De hecho, podría decirse que, en buena medida, NovarArts mismo es un intento de evocar los viejos tiempos. Piénsenlo: ¿un blog en una era en la que la gente lee cada vez menos y busca una resolución pasiva e inmediata a sus problemas o necesidades? Va en contra del manual de cómo hacer las cosas hoy en día.
¿Pero saben qué? Me encanta que así sea.